Sobre “Querelle” y Rainer Werner Fassbinder

Como dice el propio Fassbinder, llega un momento en que la perfección de la técnica no sólo permite, sino que lleva a la apertura de nuevas formas de expresión. Debes dominar el presente para predecir el futuro. Debes dominar la técnica marchita si quieres levantar el eco de los tiempos. En otras palabras: sólo puedes hablar por ti mismo cuando dominas a la perfección los recursos a tu alcance; sólo podrás entrar en el terreno de lo personal cuando la fría técnica haya pasado a formar parte intrínseca e inconsciente de tu discurso.

“Querelle”, como muchos sabréis, es la última película de un artista loco llamado Fassbinder. La última piedra de un camino que, parecería, se acabó antes de llegar a alguna parte. Y eso, si me permitís la expresión, lo dice alguien que adora el cine de Fassbinder, sobre todo a partir del momento en que empezó a dirigir los llamados “Melodramas distanciados”, influenciado por el cine de Sirk. En realidad estaba muy lejos de Hollywood, a pesar de lo mucho, según parece, que le hubiera gustado dirigir allí, y eso le permitió vencer al maestro. Porque la obra de Fassbinder es europea en esencia. Y fueron varias las circunstancias que le llevaron a hacer lo que hizo, y de la manera con que lo hizo, pero hoy no quiero hablar de eso.

Quiero hablar de “Querelle”, testamento forzado. Grandes películas como “Ocho y medio” y “Fanny y Alexander” disponen de un aura propia, mítica, que las eleva por encima de las obras de otros realizadores. Ayudados por la música, por el tono de la narración, por una estética pulida y característica, y sobre todo por el hecho de ser un punto de inflexión a partir del que todo empieza, y todo acaba: “Fanny y Alexander”, con permiso de “Saraband”, fue la última gran película de Ingmar Bergman, al actuar al mismo tiempo como resumen, como renovación y como inmortalización de sus temas recurrentes; y a partir de “Ocho y medio”, el cine de Fellini se desprendió de las correas de la técnica y empezó a construir un mundo nuevo, asumiendo y aceptando los riesgos que conllevaba ese hecho: dificultades añadidas, repetición de elementos, agotamiento de recursos, etc. Pero, en todo caso, ambas películas son una buena muestra de cómo un director logra plasmar en la pantalla la totalidad de sus delirios, de sus deseos, de su humanidad, desde una comprensión total y absoluta y desde la plena consciencia.

Fassbinder no tuvo tiempo – como, sospecho, tampoco tuvo tiempo Cassavetes (pero eso lo dejaremos para otra ocasión)-. Si bien “Querelle” dispone de ese aura mítica, mitológica, que debería diferenciar a los “buenos poetas” de los “poetas fuertes” – teniendo en cuenta que Fassbinder fue uno de los fuertes, y que ese aura ya había aparecido con anterioridad en su bellísima “El matrimonio de Maria Braun”, por ejemplo -; si bien “Querelle” dispone de una estética propia e inconfundible, resultado de la evolución lógica y natural que acompaña el progresivo alcance de la perfección técnica; si bien la música, del Fassbinderiano Peer Raben, acompaña las aventuras del joven marinero Querelle como pocas bandas sonoras lo han logrado; y si bien la conjunción de texto, narración en off y narración cinematográfica dota las imágenes y la película de una carga y una profundidad innegables, “Querelle” no es la obra maestra que hubiera debido ser, ni el colofón impresionante a una obra impresionante que, de nuevo debo decirlo, tengo la impresión que quedó inacabada.

Aún no he tenido ocasión de ver esa obra enorme e inabarcable que, según dicen, es la serie de televisión que Fassbinder dirigió sobre la novela de Döblin, “Berlin Alexanderplatz”, y que quizás sí sea la obra definitiva del director alemán. En todo caso, “Querelle” no puede ser la obra definitiva de Fassbinder porque no actúa como canalizador, como medio de auto-reflexión, como modo de extirpar de uno mismo todo lo que es, como unión individual de toda una obra. Con el tiempo, y disponiendo de la perspectiva de obras posteriores, “Querelle” probablemente se vería como un paso más, como un eslabón más en la cadena que construyó Fassbinder desde finales de la década de los 60. Un paso magnífico, un eslabón inolvidable, sin duda. Pero no lo bastante definitivo, no lo bastante independiente, no lo bastante autosuficiente.

¿Qué hubiera sido necesario?, preguntarán algunos, y no sabría qué responder. Tiempo, supongo. No podemos olvidar que Fassbinder tenía 37 años cuando murió, y que es imposible saber, en vista de la rapidez con que evolucionó desde su primer largometraje, hasta dónde habría sido capaz de llegar. De todos modos, por la existencia de películas como “Querelle”, la maravillosa “Las amargas lágrimas de Petra von Kant” o la inolvidable “Un año con trece lunas”, puede decirse con orgullo y placer que el camino ha valido la pena. Y me niego a terminar con un concepto tan tópico y tan maniqueo, así que dejaremos que la película hable por sí misma:

“Nuestra tarea es expresar la cualidad universal de un fenómeno concreto. Ya no se trata de una obra de arte, pues el arte es libre.”

8 Comments

  1. Dejaremos para otro día el análisis de la película en sí, que, como es evidente, puede dar mucho, mucho de sí. La conjunción tan clásica entre el sexo y la muerte, si bien esta última aparece bajo el nombre de violencia, es tratado con una precisión y una originalidad dignas de alabanza. Y, también: la masculinidad, la feminidad, la suplantación de personalidades, los roles sexuales y el dominio sobre los demás, la sexualidad masculina y sus modos de expresarse, el amor, el asesinato…
    Todo ello y más, acompañado de una estética exagerada y de infarto, y una carga épica inolvidable. Imprescindible, sin duda.

  2. Hi Kleefeld->>>

    Grande el comienzo: “Como dice el propio Fassbinder, llega un momento en que la perfección de la técnica no sólo permite, sino que lleva a la apertura de nuevas formas de expresión.

    “Debes dominar el presente para predecir el futuro”… Sin embargo soy bastante más partidaria del Caos en lo que atañe a esta última frase… Somos etructuras disipativas en un Universo que se expande infinita y entrópicamente. Ergo: la predicción no existe…

    Saludos, Aquileana 🙂

  3. La predicción no existe, totalmente de acuerdo.
    Y, sin embargo, el asentamiento de las bases de una norma futura tiene algo de predictivo. En la excepción puede uno encontrar ecos de un tiempo aún por llegar, en tanto que, desde su existencia a priori “ajena” a la tradición, la excepción suele mostrarnos aquellos caminos por los que se transitará más adelante.
    En ese tiempo en que pertenece sólo al creador, y yace encerrada en sí misma y ajena al ser humano y a su tradición, la excepción es la semilla del porvenir. Y hasta que la tradición no la comprenda, hasta que no la absorba y la explique, la semilla seguirá siendo semilla; en otras palabras, una realidad en potencia.

  4. vaya, veo que has aumentado últimamente tu ritmo de escritura! tengo aún pendiente dejarte un comentario en tu “Tríptico”, que me imprimí para leer con detalle, y creo que merece una relectura

    por lo demás, cada uno de tus escritos supone ampliar la lista de “tareas pendientes” cinematográfica 🙂

  5. Yo no sé si lo que me has puesto ayer en el flog respecto a “Lili Marleen” iba en serio o en broma. Siendo tú el único entendido en la materia Fassbinder que conozco, que me hayas puesto que no la has visto y que parecería ser una de sus peores trabajos, ciertamente no me estimula en demasía a verla. No obstante, ya que la he conseguido, terminaré viéndola, como es obvio. También tengo por ahí “Viaje a la felicidad de Mamá Küsters”, y a raíz de tu actualización de ayer, ahora me ha interesado muchísimo “Querelle” (he estado leyendo últimamente sobre Jean Genet).

    En fin…

  6. pads, esperaré impaciente tu comentario sobre “Tríptico”. Por lo demás, ¿qué mayor dicha que compartir con los demás esas pelis que poco a poco van tomando posiciones en nuestro Olimpo particular? 🙂

    avellanal, deja “Lili Marleen” para más tarde. Tus prioridades deberían ser, por orden: “El viaje a la felicidad de Mamá Küsters”, “La ansiedad de Veronika Voss”, “El matrimonio de Maria Braun”, “Las amargas lágrimas de Petra von Kant” y, finalmente, “Querelle”. Sin olvidarnos de “Un año con trece lunas”, pero eso ya sería más adelante.
    Ahora mismo me siento terriblemente mal, no sé por qué.
    En fin. xD

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