La biblioteca de Des Esseintes. II

Ya hemos dicho que, en su particular cruzada contra la ordinariez y la absoluta falta de criterio estético, Huysmans-Des Esseintes construye un armazón teórico a base de ejemplos y contra-ejemplos que le servirá de sustento para diseñar y construir el escondite en el que pretende encerrarse el resto de sus días. Un poco a la manera de Chateaubriand en su monografía El Genio del Cristianismo, donde se intenta demostrar la superioridad del arte cristiano según aquello que forma parte de él y en oposición a todo lo que no, Huysmans parte de su propio espíritu decadente para ilustrar qué forma parte de las esferas superiores del arte – en música, pintura, literatura, escultura-. Por lo tanto, los valores que defiende parten de las obras que le gustan, y las piezas artísticas escogidas en un futuro para formar parte de su causa-teoría-mausoleo serán, por lo tanto, aquellas que se caractericen por una serie de propiedades ya conocidas de antemano. Y, así como en Chateaubriand las claves para descubrir el arte bueno y verdadero – el cristiano- son las virtudes cristianas propiamente dichas, lo mejor del arte para un decadente como Huysmans-Des Esseintes será lo que de un modo u otro se adapte a sus características principales. Se trata, pues, en ambos casos, de un ejercicio estético y teórico completamente solipsista.

Cuando Des Esseintes al fin ha logrado levantar el edificio de sus sueños, salido absoluta y completamente de su imaginación y de su sensibilidad, especie de encarnación sui generis de ideas mal llamadas platónicas, el personaje vivirá envuelto en sí mismo, al convertir su morada en espejo y reflejo de su propia interioridad. Será arquitecto, decorador, cocinero, poeta y pintor de su interior y de su exterior, del mundo y del espíritu, de lo visible y de lo invisible. No tendrá reparos en subyugar a personas y animales para (re)construir ese mundo ideal del espíritu y dispondrá de todos los recursos para llenar cada hueco de su cuerpo de las delicias y las delicadezas que necesite. Tengamos presente que Des Esseintes sufre de neurosis, y que su cuerpo frágil y marchito, marcado por una genética defectuosa, encuentra (o debería encontrar) en esta vida secreta, individualizada y hecha a medida lo necesario para llevar una vida plena y adaptada a sus propios deseos. ¿Es realmente así, sin embargo? ¿Puede llevar a cabo su proyecto? Y, más aún, ¿es capaz de soportar(se) tanto tiempo en estas condiciones?

La respuesta es no, evidentemente. Como en el caso de la novela Corrección, de Thomas Bernhard, donde el protagonista diseña y construye un hogar para su hermana de tal modo que ésta habrá de morir sin ser capaz de vivir en aquél, Des Esseintes enfermará y será obligado por sus médicos a regresar a París. Las conclusiones que podríamos sacar de ello son muchas y variadas. Podríamos apelar, por ejemplo, a la necesidad del cuerpo de llevar un estilo de vida dinámico y no sedentario – algo muy acorde a nuestro tiempo, sin duda pero poco relevante-; también se podría decir que Huysmans en última instancia apela a la naturaleza social de todo ser humano y por ende a la necesidad de su héroe – de todo héroe- de entrar en contacto con otros ejemplares de la especie, pero eso quedaría desmentido al llevar Huysmans a Durtal, personaje equivalente a Des Esseintes, en la novela En camino, a vivir a un monasterio en busca de su fe; finalmente, quizás sería posible argumentar que la realidad, y la naturaleza, vencen siempre y a la fuerza lo ficticio y lo artificial, que cede víctima de los embistes del tiempo y de los elementos. Hay una respuesta para cada ideología, podríamos decir.

De la misma manera, las corrientes de la posmodernidad de finales del siglo XX nos dirían que muchas de las cuestiones que nos formulamos, y muchos de los conceptos que utilizamos para plantearlas, son erróneos. Nos dirían que no hay tal cosa como la separación entre natural y artificial; que la naturaleza del ser humano no existe como esencia, sino como conjunto de gestos y de performances. Y una visión médica del asunto sin duda estaría de acuerdo con los consejos que el propio médico de la novela da a Des Esseintes para motivarle a huir de su hogar: ejercicio físico, cambio de aires, respirar aire puro, etc.

Lo importante no es tanto averiguar los múltiples motivos por los que uno, en teoría, y desde los puntos de vista de la salud o de lo socialmente aceptado, no puede vivir en su propia fantasmagoría, encerrado en sí mismo, sino que me interesa explicar qué caminos son los que recorre Des Esseintes para llegar a hacer de sus propias opiniones y de su propia sensibilidad un mundo “de verdad”, aunque “artificial” de arriba abajo, y por ello, en su opinión, mucho más bello que el mundo “natural”. Dicho de otro modo: en qué consiste ese proceso de convertir la “idea”, lo que uno “es” o “siente”, en realidad habitable. Más que nada, porque las repercusiones de su gesto son inconmensurables: como una especie de precursor siglo XIX de los mundos psicotrópicos que describiría más adelante Philip K. Dick en sus novelas delirantes, Huysmans pone en entredicho, no ya la superioridad, sino la misma naturaleza de lo que se considera verdadero, en contraposición a lo que, según las tradiciones greco-latina y cristiana, por ser mera copia de un acto creador primero y original, no puede ser más que residuo secundario.

En el origen mismo de estas cuestiones encontramos la biblioteca de Huysmans-Des Esseintes, esas obras que, como reconoce el propio personaje, crearán y constituirán las directrices principales de su sentir estético y que por lo tanto le guiarán en el proceso de construcción del mundo “ideal” en Fontenay. En ciertos aspectos, el propio Huysmans ya nos avanza la esencia de la obra al decidir que su personaje forre las paredes de su biblioteca “como si se tratase de libros”1. O, como nos explica el traductor/editor en la única relevante de sus notas a pie de página:

Al “encuadernar” las paredes de su biblioteca como si se tratara de libros valiosos, y al seleccionar de forma tan refinada y exquisita el mobiliario y la decoración de ésta, Des Esseintes instaura una relación significativa y envolvente entre el libro (espacio estéticamente “amueblado” por el encanto del arte […]) y el espacio donde se sitúa el libro y el lector de libros: la biblioteca (espacio privilegiado y sugestivo, amueblado de tal forma que […] se compenetre con el mundo ideal que nos revelan los libros.2

Des Esseintes nos explica en varias ocasiones cómo es posible engañar a los sentidos para que el cuerpo – y la mente- experimenten como real aquello que nosotros decidamos. Sólo es necesario hacer uso de algunos trucos estéticos – decoración de paredes, luz, olores, etc.-, según cuenta, para hacer real la ilusión. Ahora bien, me pregunto hasta qué punto no es necesario cierto grado de inconsciencia o, lo que es lo mismo, de fe, de locura, para aceptar como verdadero lo que sin duda sabemos que no lo es. Como en el proceso de leer, o de contemplar una película, aceptamos como verdad y como mentira al mismo tiempo los datos que se nos ofrecen para vivir la ilusión al tiempo que para desmentirla, en un doble proceso que requiere de un equilibrio no siempre fácil de lograr. Siento que para vivir en la casa de Fontenay haría falta un enorme grado de inconsciencia/neurosis/fe para vivir el kitsch y lo artificial como algo real, delicioso e inevitable.

Lo peor, sin embargo, no es lo difícil de vivir en esa casa, precisamente por lo notablemente superficial y forzado de sus características – el propio Des Esseintes se ahoga en el mar de reflejos de su propia sensibilidad- sino el modo en que esa fe “inquebrantable” de Des Esseintes en su proyecto, esa fe de Chateaubriand en la bondad del arte cristiano, o la fe en los mundos creados a partir de los estupefacientes en Philip K. Dick forma parte de un mismo proceso psíquico, fundado en una única necesidad: la de sentir que formamos parte de algo mayor que nosotros, la de sentir que pertenecemos a algún lugar, o al menos a nosotros mismos. En definitiva: que cualquier auto-engaño puede ser operativo si así podemos seguir viviendo, esto es, cualquier respuesta puede ser buena si nos preguntamos por los motivos por los que habitamos un planeta que ni siquiera podemos llegar a conocer.

Más aún: Des Esseintes cree en lo verdadero e inevitable de sus impresiones, deseos e ideas de la misma manera que en el mundo “real” la verdad viene justificada y corroborada por los mecanismos que buscan – e incluso construyen- esa verdad. La impresión de realidad, a la postre, es mucho más relevante que la propia realidad, por cuanto, sea lo mismo o no que esa base objetiva en la que se sustenta, será a partir de nuestra percepción de lo exterior que nos moveremos e interactuaremos con las demás personas y/o cosas. Lo que al final acaba diferenciando lo real de lo irreal es la persistencia, esto es, la sensación de continuidad. A eso mismo nos referimos al decir que el tiempo lo pone todo en su lugar, ¿no? Que aquello que supuestamente es eterno – si es que de verdad podemos hablar en esos términos- superará en lo temporal a lo caduco.

Esas directrices, esos valores supuestamente eternos, y que filósofos como Derrida, Baudrillard o Vattimo han menospreciado, como buenos seguidores de Nietzsche, son los que, haciendo de pilares, ayudan a construir sociedades o, en su defecto, a dar y ofrecer sensación de continuidad, de persistencia (mejor dicho, de seguridad). La existencia de cánones, de libros de consulta, de enciclopedias tomadas por fiables, y la repetición, la cita, la referencia constante, son los elementos que a nivel cultural y artístico apoyan la impresión de estabilidad, de permanencia. El mundo de Huysmans-Des Esseintes, como no podía ser de otra forma, tiene un corazón, y ese corazón es, como ya hemos dicho, la biblioteca. No toda ella, y no todos sus libros, sino uno en concreto, Las Flores del Mal de Baudelaire, situado en una especie de altar en el mismo centro del edificio de Fontenay. De ahí surgen como filamentos vitales las creencias, las ideas, las verdades que a la postre alimentarán y darán consistencia a Des Esseintes y a sus construcciones.

¿Cuán útil o revelador puede ser estudiar la biblioteca de Des Esseintes para comprender su modus vivendi, su realidad, y las mentiras con las que ha construido su existir sobre la tierra? Si hacemos un ejercicio de búsqueda arqueológica, si analizamos los volúmenes que constituyen su biblioteca, si escuchamos los apuntes literario-estéticos que nos ofrece Des Esseintes, quizás podamos entender esa doble vía en la que los libros construyen la realidad y en la que la realidad acaba por configurar el contenido, la interpretación y la valoración final de las obras. Volvemos a encontrarnos aquí en ese solipsismo propio de la imagen del círculo hermenéutico, en el que lo que contemplan los ojos de un lector es aquello que están diseñados para, que han aprendido a, o que han querido ver.

Los capítulos en los que trata de manera explícita su biblioteca son el 3, el 12 y el 14, aunque al abrir la novela al azar en cualquiera de sus partes mostraría que la sombra de la biblioteca, si bien oculta, constituye el esqueleto de la sensibilidad de Huysmans-Des Esseintes. Por ejemplo, como se nos detalla en las páginas 148 a 153, Des Esseintes desprecia las obras de Virgilio, Horacio o Ovidio, los escritores de la llamada Edad de Oro de la literatura latina, por ser demasiado académicos, o demasiado ampulosos, o demasiado artificiales, pero, en cualquier caso, por no ceñirse a lo que él considera interesante o verdaderamente artístico. En vez de adaptar su lectura y su criterio a la obra que está leyendo, Des Esseintes intenta que las obras y los autores se ciñan a él, como una especie de Procustes de la crítica literaria: y todo lo que no entre en sus cánones, por fuerza quedará fuera de su biblioteca. Otra suerte muy distinta se le reserva al escritor del Satiricón, Petronio, que hace disfrutar a Des Esseintes por dos motivos: los relatos que cuenta, supurantes de sexualidad y miseria, de hedonismo y desgracia, repletos de perdedores, prostitutas, malhechores y viciosos, de personajes que viven con los instintos a flor de piel y que por eso mismo sufren el destino que la sociedad depara a las personas que se abandonan al placer; por otro lado, no hay nada de hipócrita, de moral o de forzado en el modo en que se cuentan las historias, sino que el estilo se adapta a las necesidades de cada individuo y de cada escena, con lo que se logra una sensación de realidad e inmediatez de la que carecen otros escritores más apegados a la norma.

Esa visión desencantada de la realidad y de la naturaleza humana, por un lado, y luego esa búsqueda de los pequeños momentos, de las escenas minúsculas, de los detalles, y no de los grandes relatos, son equiparables sin duda a los intereses de Des Esseintes en lo literario, primero, y segundo a lo que Huysmans hace vivir (¿sufrir?) a su personaje. Des Esseintes mismo admite haber pasado mucho tiempo obsesionado en los placeres de la carne – su alter ego, Durtal, hará lo mismo en la continuación a A contrapelo, titulada Allá lejos– y por lo tanto en cierta manera alimenta su lectura con su propia experiencia y a la inversa, su experiencia es enriquecida por la lectura de perversidades más o menos conocidas. ¿Dónde empieza y dónde termina la búsqueda del placer por parte de Des Esseintes? ¿Qué resulta más significativo, si es que puede de hecho realizarse esa jerarquía: su cópula con prostitutas, o la lectura de La filosofía del tocador de Sade, también presente en su biblioteca? ¿Qué nos informaría mejor sobre la naturaleza de Des Esseintes: sus actos, o la interpretación que hace de sus lecturas? ¿Qué se consideraría más “verdadero”, o más “relevante”? Como siempre, todo dependería del punto de vista desde el que se afrontara el hecho en sí.

Pongamos otro ejemplo: las páginas que dedica a su amado Baudelaire, en un capítulo en el que se dedica a ordenar los libros de su biblioteca por etapas. Las palabras que dedica al autor de Las Flores del Mal de la página 276 a la 279, por supuesto, muestran la más completa admiración que sentía por él. Y la explicación que Des Esseintes nos ofrece de los valores estéticos y culturales de estas flores marchitas están teñidas de una gran emotividad. Tan es así, que se llega a afirmar que Baudelaire descubre e ilustra facetas de la existencia profunda de las personas – el spleen o hastío, la desidia, la desgana por seguir existiendo, etc.- que hasta el momento habían permanecido ocultas. Ocultas… en la historia de la cultura, se supone. Dudo mucho de que no formaran ya parte de la vida de las personas. Entonces, ¿el valor de la obra de Baudelaire es que dice lo que antes había permanecido sin decir? ¿Descubre verdaderamente partes de la existencia que se desconocían, a la manera de un científico? ¿Es posible que la vida sea de hecho distinta tras leer a Baudelaire? Sin duda Des Esseintes vive de otra manera tras conocerle. Coloca a Baudelaire sobre la repisa de la chimenea, como si fuera su Biblia personal, y juzga obras y actitudes – artistas y personas- según las enseñanzas que extrae de su creación. Pero, ¿qué es lo que cambia en realidad? ¿Dónde se puede encontrar la prueba real de ese cambio? ¿En sus acciones? ¿En sus libros? ¿Y cómo puede confiar tan plenamente en las palabras de Baudelaire? ¿Qué le hace confiar en su “clarividencia”?

A lo que quiero llegar es: cuando Des Esseintes está releyendo, ordenando y recolocando los libros de su biblioteca está, literalmente, oliendo, manoseando y gozando con aquello que conforma su visión del mundo. A veces en la forma de libro, a veces en la forma de la piel de la cubierta o del papel especial en el que se ha impreso el texto, a veces en las propias palabras que conforman la obra. Nos explica por qué elige a unos por encima de otros, cuáles son sus preferencias, y en cuáles de ellas ha decidido creer. Pero los motivos que esgrima, no por acertados o perspicaces dejan de ser subjetivos e, incluso peor, peregrinos. Al menos para los demás. Y en ningún caso llega a satisfacer la curiosidad del lector de: ¿por qué? ¿Por qué recubre de oro y diamantes el caparazón de una tortuga hasta matarla? ¿Por qué quiere pervertir a un jovenzuelo con el que se cruza en la calle? Los libros nos pueden enseñar ejemplos de actuaciones parecidas, referentes, reflexiones que podemos relacionar con lo que hace Des Esseintes, pero aún así, como quien dice, del dicho al hecho hay un trecho, esto es, de lo que se lee, a lo que se hace, hay todo un mundo por cruzar.

Del mismo modo, creer en las obras de Freud, en la existencia de los ovnis, en algún dios o en el poder transformador del arte puede motivar a las personas a realizar todo tipo de actos extravagantes, y eso en cierta manera permite convertir en “realidad” efectiva, pragmática, lo que no deja de ser un pensamiento subjetivo. Como, por ejemplo, construir un órgano de licores, o convertir el comedor de tu casa en el camarote de un navío. Imperios enteros se han construido en base a ideas y conceptos personales – ver la historia completa de la Iglesia católica, o leer el cuento de Borges “La muralla y los libros3”-. Pero eso no lo hace menos incomprensible. ¿Por qué hace la gente lo que hace? ¿Y por qué (posiblemente) mencione libros que han inspirado, apoyado e incluso motivado a actuar?

Toda biblioteca es una manera artificial de ordenar una serie de libros, de experiencias, incluso de vidas. No deja de ser una especie de hogar dentro del hogar, o como una casa pequeña dentro de una segunda morada levantada en el interior de esa gran casa que es el mundo. Las obras, los valores, las experiencias – leídas o vividas- que constituyen esa biblioteca serán al final los faros y las luces que nos guiarán en el proceso de vivir. Ahora bien, escojamos los que escojamos, tendremos que ser conscientes siempre de que esas elecciones son arbitrarias. Por mucho que nos esforcemos en justificar nuestras decisiones, siempre habrá – o debería haber- un momento en el que nos veamos obligados a reconsiderar nuestros pasos. La biblioteca formará parte intrínseca de nuestras acciones, al comprender nuestro bagaje cultural y personal y al dar espacio para que hablen las voces de aquellos que queremos que nos guíen. Pero no podemos llegar a confundirnos plenamente con nuestra biblioteca. Nosotros no somos nuestra biblioteca.

Es por ese motivo que Des Esseintes enferma cuando se encierra en su casa de Fontenay. Nadie puede soportar el vivir encerrado entre las cuatro paredes de su propio espíritu, de sus libros, de su imagen. Tiene que haber espacio para el cambio, para el aire fresco; para la vida, en otras palabras. Al final del día, los libros (la biblioteca) nos dan pistas, nos abren caminos, nos muestran las vías por las que podría discurrir nuestro deambular existencial. Quizás nos ayuden a ver más claro lo que antes no comprendíamos. Pero en ningún caso deben pasar por reales o, en cualquier caso, por definitivos. No hay nada definitivo. Eso es precisamente lo que asegura nuestra libertad como seres autónomos. Y, como nos muestra Huysmans, está en nuestras manos preocuparnos por ser, o no ser, desde un punto de vista estético, partes de esa vulgaridad que a día de hoy lo corrompe todo. Desde luego, viendo la televisión o leyendo los periódicos, parece que a día de hoy nadie querría ser considerado ordinario, o parte del vulgo, de “aquello” que realmente no puede ser considerado, de ningún modo, atractivo o seductor. Pero, claro, ¿no es precisamente eso lo que convierte a dicho deseo en algo vulgar? ¿No es un signo de vulgaridad el querer huir de ella?

1 Pag. 135

2 ibídem

 3 BORGES, J.L. Otras inquisiciones. Madrid : Alianza, 1976

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