Caminos en el cine

Escribir sobre cine es parecido a escribir sobre los modos de escribir sobre cine. Esto es: los cambios experimentados por el cine – a nivel formal, a nivel de contenidos, a nivel de márqueting, etc.- sólo podrán ser expresados en cuanto a tal, en cuanto a cambio, si se encuentra una manera de hablar de ellos que sea diferente a la anterior. Creo fervientemente en la incomunicabilidad entre lenguajes, en la separación esencial entre unas y otras maneras de crear. El cine es cine, y la escritura sobre cine es otra cosa. Por lo tanto, la manera de expresar o incluso explicar los cambios experimentados en el modo de hacer películas tiene que encontrar su paralelo, su alegoría incluso, en el modo de hablar de cine. No se puede olvidar, sin embargo, que cada lenguaje se rige por sus propias normas, y lo que sirve en la gran pantalla no funciona en la página escrita y viceversa. Se trata de establecer puentes entre esferas independientes que no dejan de rodar.

La progresiva sofisticación de las artes como disciplinas autónomas, que las lleva cada vez más y más lejos las unas de las otras, no sólo implica una serie de cambios en ellas y la consecuente reestructuración de la tradición en cuanto a lectura de la historia, sino que da cuenta de las dificultades con la que nos enfrentamos a la hora de crear cuadros completos, y complejos, de la escena artística, filosófica e intelectual de principios del siglo XXI. En este sentido, el siglo XXI sólo ha sido la continuación -¿y la elevación a la enésima potencia?- de lo que se lleva explorando desde la Ilustración – y desde incluso antes-. La pérdida de control y de capacidad de penetración, consecuencia y al mismo tiempo precio que hay que pagar por nuestra libertad, nos libera las manos para hacer lo que queramos pero nos pone una venda en los ojos: lo percibimos todo, podemos hablar de todo, pero estamos condenados a utilizar exclusivamente uno de nuestros sentidos, esto es, se desarrolla hasta la extenuación una de nuestras habilidades sin poder ponerla en contacto con las otras. Lo que se gana en percepción directa, y en la imposibilidad de trazar límites a nuestra experiencia, se pierde a la hora de construir lineas argumentales capaces de unirlo todo. Tocamos y percibimos pero no vemos.

Habría que preguntarse si no ha sido siempre así, y si la supuesta “visión” que caracterizó otras épocas supuestamente “visionarias” no es más que una mentira. La histórica relación entre la Iglesia y las artes, o entre el poder político y las artes, fue una imposición del tiempo, una vida en común que debe mucho más a la conveniencia que a la naturaleza, a lo artificial que al verdadero amor. Si hubo un tiempo en el que la arquitectura, la escultura y la pintura daban cuerpo al mundo, lo encarnaban y al mismo tiempo lo elevaban, lo divinizaban, fue debido a la apariencia de poder, a la apariencia de responsabilidad, a la apariencia de “destino” con la que estaban teñidas las cosas de la vida. Ha habido diversos momentos a lo largo de la historia en la que esa apariencia, que no ha sido inmutable ni mucho menos, eterna, ha sufrido estocadas importantes. Estas estocadas no son sólo fruto de una rabieta, como cree Harold Bloom, o, por lo menos, no lo han sido siempre. Por el contrario, nos recuerdan que no hay mármol que sobreviva impecable al paso del tiempo, y que algunas verdades absolutas pueden resultar tan asfixiantes como un abrazo del convidado de piedra.

El existir, la vida en la tierra, de las personas no religiosas – o, mejor dicho, no creyentes-, es tanto una apertura ilimitada al mundo como un deambular desprovisto de sentido. El mundo es, y nosotros somos, un abanico increíble de posibilidades que no tiene otra explicación más allá del simple “estar ahí”. Depende de cada individuo el lograr, el sentir, que el trayecto ha valido la pena. Evidentemente, la religión y/o la superstición pueden ser – y de hecho son- vías a través de las cuales uno puede acceder al sentido, pero no más que eso, esto es, son opciones, dentro de un marco general que incluye muchas más… entre ellas, el arte – y, en concreto, el cine-. Este rodeo, que nos ha traído al cine, me ha servido para poner las bases de la tesis que me gustaría defender en el presente texto, tesis sencilla y nada innovadora, pero que es acorde a mis últimas lecturas.

La idea que querría exponer trata sobre la necesidad de hacer del cine, ya sea a nivel de creación como de recepción, incluso a nivel teórico, una posibilidad de acercarnos un poco más, unos centímetros, unos milímetros, a ese centro de sentido que habrá de dotar de unidad a nuestra vida y habrá de guiar nuestros pasos. Cada persona debe seguir su propio camino, y no hay verdades absolutas que sirvan para todos. A partir de ahí, nuestros actos, los más simples y los más complejos, deben formar parte de un todo, un todo que muy probablemente, como nos enseña La muerte de Virgilio de Hermann Broch, sólo nos será comprensible en los últimos instantes de conciencia previos a la muerte. Abogo pues por un cine que nos ayude a entrar en contacto con nosotros mismos, que nos permita dar forma y así poder entender lo que nos sucede, lo que somos, lo que podríamos ser. Pero ya no es sólo el conocimiento lo que necesitamos, o lo que se nos debería ofrecer, sino posturas vitales, complejidades humanas que estén más allá de nosotros mismos y a las que debemos aspirar, esto es, destinos ajenos al nuestro que nos pongan en movimiento y hagan que evolucionemos hacia el origen, la base, de ese centro de sentido en el que nos encontraremos con lo que somos.

En pocas palabras: abogo por un cine sincero que nos diga verdades. Y como verdad entiendo todo aquello que nos sirve de apoyo para movernos, para actuar, para ser… para vivir. Verdades mutables, surgidas de un aquí y un ahora mutable, pero radicales en el sentido de que se nos meten en lo más hondo y desde ahí nos llenan de la cabeza a los pies. Comprender lo puntual, lo temporal, y al mismo tiempo lo significativo de cada momento forma parte de la verdad. Hay que lograr que cada verdad se consuma a sí misma, y a nosotros con ella, para dar paso a la siguiente verdad. El sentido de nuestra vida no se esconde en ninguna parte en concreto, sino en el cúmulo de posibilidades que hemos recorrido o que hemos desechado, por encima de nosotros, dentro de nosotros, en la mirada que echamos hacia atrás para saber cómo hemos llegado a ser lo que somos. El cine visto, pues, como creador de verdades y como desautomatizador de verdades, el cine como alegoría creadora de alegorías que podemos convertir en nuestras vidas.

Pero insisto en que es necesario un alto grado de sinceridad para llevar dicha tarea a cabo. Una sinceridad que, desde mi punto de vista, tiene más de adecuado y de verosímil que de veraz, puesto que incluye como un todo fondo y forma, puesto que entiende los objetivos de la obra y los modos más adecuados de llevarla a cabo, puesto que entiende la necesidad de doblegar la voluntad del autor ante la de la obra y de aspirar a crear un momento de verdad en la larga cadena de mentiras que constituye nuestra historia. Hay directores que me despiertan rechazo, directores en los que veo una absoluta falta de sinceridad en los medios, en las ideas y en las maneras de rodar películas. Michael Haneke, Theo Angelopoulos o Lars von Trier, para hablar de directores mainstream, o Apichatpong Weerasethakul, Albert Serra y Béla Tarr, para hablar de gente menos conocida, me parecen, cada uno en su esfera, directores incapaces de arrancar un solo destello de verdad a lo que hacen. Ya sea por cuestiones morales (Haneke, von Trier), de forma (Angelopoulos), o de tiempo (Weerasethakul, Serra, Tarr), no veo en ellos la fuerza de quien hace con convicción lo que es adecuado, lo que es pertinente, lo que es veraz. Son, para ponernos (aún más) insoportablemente pedantes, directores de la mentira, que se sirven de todo – menos de la verdad- para hacer sus películas. Me parecen aislados en su manera de dirigirse al público, estériles en su manera de crear y de reflexionar, pueriles en el modo en que tratan las formas y los contenidos. Uno termina el visionado sin haber visto nada. A través de su no-veracidad, de su maniqueísmo, de su demagogia, o de su mera incapacidad, apelan a lo más bajo y por lo tanto a veces nos engañan puesto que nos hacen sentir cosas, pero esas cosas no tienen el poder transformador de las grandes obras.

Podría explicarme más, intentar justificarme más. Pero las palabras lo ensucian todo y acabarían por negarse a sí mismas. Por otra parte, nuestro camino está hecho de elecciones. Elecciones estéticas que, por otra parte, no suelen ser para toda la vida. Nuestros rechazos, así como nuestras atracciones, forman parte de nuestro presente. Y me parece muy interesante ser consciente – aunque no siempre se pueda decir- de lo que queremos y de lo que no queremos. En este batiburrillo en el que vivimos el primer paso – sólo el primero, nunca el último- es intentar explicarnos los motivos de nuestras elecciones. Y hay que sospechar de todo aquello que no nos gusta, pero sobre todo de todo aquello que en efecto sí nos gusta, y hay que interrogar a nuestras emociones aquello que las despierta, para saber, para adivinar, o para intuir si nos acercamos a o nos alejamos de nosotros mismos. Al final, claro está, lo más probable es que las elucubraciones en las que nos hayamos sumergido no sirvan absolutamente de nada. Las palabras y las ideas nos sirven para llenar el vacío en el que viajamos; los sentimientos, más convincentes que las palabras y las ideas, son, por su parte, los que nos empujan a viajar por el vacío. Pero, en cualquier caso, todo desemboca en ese vacío, en esa nada de ceniza de la que somos portadores. Y está en nuestras manos aprender a modelarla.

2 Comments

  1. dos cosas, una: escribir sobre cine, a mi entender, no debe ser un intento de sustituir lo que dijo el cine (y a renglón seguido, el cine no debe ser literario, por mucho que a veces le venga bien tener algunos de sus elementos, pero sobre gustos…), son dos medios diferentes y aquel que habla de otro medio imponiendo el suyo demuestra una mediocridad elocuente, pedante, bla, bla, por no decir que hace el ridículo.

    dos: el cine sincero. Tienes toda la razón. Aunque a mi me gusta Haneke, está claro que muchas veces el contenido es una excusa para hablar del discurso del director. Ésto ha ocurrido, ocurre y ocurrirá siempre, el problema es que con ese discurso se pretenda dirigir la lectura que el espectador debe hacer del film y eso sí que es un crimen. En el caso de Haneke, la mayoría de sus películas cometen ese pecado.

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