Primera reseña Michael Gira (08/03/2014)

La reseña que aparece a continuación, más que una descripción del concierto en la Sala Apolo 2 de Barcelona, es una muestra de la exaltación que música como la de Michael Gira puede llegar a despertar. Temo que las imágenes y las emociones que muestra el texto no estén a la altura de la experiencia que vivimos unos pocos la noche de ayer. Pero argüiré, a mi favor, que asistir a un espectáculo de Gira siempre es un hecho remarcable, y ser testigo de su fuerza como compositor, cantante y músico devuelve la fe en las posibilidades estéticas, políticas y religiosas de un arte, el musical, a veces demasiado anodino.

Michael Gira lleva algo más de treinta años de carrera. En estas tres décadas se ha dedicado a experimentar, a su gusto, con tonos y discursos; ha creado bandas de la nada y las ha enterrado cuando le ha parecido (Swans y Angels of Light principalmente); se ha forjado un nombre, ha publicado y descubierto a otros músicos y grupos; ha luchado con las discográficas y ha acabado fundando su propia empresa (Young God Records); ha gritado, ha berreado, ha guardado un respetuoso silencio e incluso ha tenido tiempo para escribir, para dibujar, y para publicar sus textos. En definitiva: que el señor ha hecho lo que ha querido. Lo cual tiene aún más mérito, siendo Michael Gira quién es, es decir, un sacerdote del infierno.

Porque Gira es, sobre todo, un mensajero de las llamas. Con independencia de la forma, del grupo o del discurso que adopte. Para él no hay, de hecho, más infierno que este nuestro mundo, esta tierra a la que ya en las Escrituras llaman “el molino de Dios” y a la cual nos vemos echados, abandonados, desde nuestro primer día, para sufrir. No es que Gira defienda el horror por el horror; no hay en él placer o gusto en este predicar continuo sobre la oscuridad; y sin embargo, se diría, no hay para él alternativa posible a la dureza, a la bestialidad, a la carnalidad y a lo demoníaco que ve a su alrededor y que ha expresado en cada composición, en cada canto y en cada concierto a lo largo de todo este tiempo.

Gira no es un virtuoso. Sus versos no son, por lo general, ni muy elaborados ni muy expresivos, y en sus letras cabe de todo, desde la más inocente crítica al capitalismo a la expresión de dolor más compungida; desde cantos al dios de los cristianos a verdaderas apologías de un existir ecológico y acorde a la naturaleza. Su música tampoco se consideraría un prodigio o una demostración de virtuosismo. Al contrario: ya desde sus inicios, la banda Swans ha apostado por unos ritmos pesados, envolventes, hipnóticos e incluso tribales que casan a la perfección con la escasez de palabras y frases de las letras. A veces incluso parecería que la voz de Gira se alza por encima del mar sonoro que suele ser un disco de los Swans para no perder de vista el componente humano, para recordarnos que seguimos con vida, a pesar de todo, y sigue habiendo (¡ups!) esperanza…

Pero Gira es todo un señor artista, un portento que ha tenido una eternidad y un día para cultivar y desarrollar su particular estética; con los años ha buceado hasta sus profundidades, la amplió y la desarrolló hasta sus múltiples extremos, e incluso la pudo resumir en su álbum de 2012, The Seer, un compendio alucinante de su carrera que apenas dura un par de horas. Él ha sido el alma mater, el principal exponente de sus dos bandas principales, y por eso, verle solo en el escenario, armado únicamente de su voz, una guitarra y unos amplificadores, es un regalo: porque nos permite conocerle de un modo cercano e íntimo; nos permite mirar hacia el interior de un alma cuyos movimientos dictan los tonos, las voces y los gritos de una música muchas veces sobrehumana. Además demuestra que sus álbumes de estudio son sólo el resultado de un largo proceso de creación en el que hay tanto de apolíneo como de dionisíaco. Sus conciertos, así como sus discos de grabaciones en directo, son la entrada más directa a su método creativo, pero también son entradas directas, por la puerta grande, a una comunión con los otros espectadores y con el espacio y el tiempo en el que estamos que sólo puede tildarse de apocalíptica. Y nos hace ser partícipes de sus descubrimientos, de sus experiencias, de todo lo que es.

Digamos que su música, su voz, su conexión con el público, recuerda a la de una bestia salvaje y gritona que ha sido, con los años, apaleada, y domada, y también controlada, pero sólo hasta cierto punto. Sus performances tienen poder; expresan la intensidad (y la objetividad) de aquél que mira con los ojos bien abiertos mientras hunde sus pies en un caldero hirviendo; la del caminante que, tras vagabundear y perderse por los senderos del señor, conserva aún la curiosidad por descubrir qué más se esconde tras la capa de lo real. La obra de Gira permite ser partícipe de una visión del mundo que tiene mucho de trascendente y de religioso, de ahí que el fundador de Swans actúe como un predicador. “I’m a Catholic”, ha dicho esta tarde, y no nos extraña nada; sólo alguien que ha estado en el infierno puede hablar y cantar como lo hace él. Podríamos decir que encarna o se ve recorrido por un espíritu que es de raíz estadounidense y de alcance global.

 Sólo decir, para acabar, que nos tranquiliza que podamos comprar sus discos y escucharle en la tranquilidad de nuestra casa. Porque así podemos repetir (casi casi) la experiencia cuando queramos; pero sobre todo porque así lo convertimos en estética, y no en vívida realidad; y podemos guardar la intensidad de una vida como la de Gira para cuando estemos preparados para sufrirla.

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