Juan José Saer (I): Pobreza Insistente

Alain Robbe-Grillet abre sus reflexiones sobre el oficio de escribir con una doble protesta(1): si la estructura y la justificación de una obra reposan en la obra misma, ¿por qué le piden y le exigen al autor que responda por ella? Y si, a fin de cuentas, hay tal cosa como una opinión del autor a partir de la cual interpretar un texto, ¿por qué entonces no se le permite al autor pronunciarse y explicarse con libertad? El autor francés está respondiendo a un sentimiento que imagino extendido entre la crítica de su tiempo: no dejan que se expresen ni Robbe-Grillet ni su obra porque sienten que están atacando algo.

Los artículos de la crítica muchas veces especificaron el sentido y el objeto de esa amenaza – pero cuanto más específicas parecen las respuestas menos tranquilizadoras son-: se le acusó de expulsar al hombre del mundo, de imponer su propia escritura a los otros novelistas e incluso de destruir toda ley en la composición de los libros (p. 39). Muy probablemente Robbe-Grillet se preguntara: ¿qué poderes terroríficos proyectan esos críticos en la obra? ¿Cuál es el poder de una novela (o de un ensayo)? Y, en realidad, como confiesa en el artículo, Robbe-Grillet (sólo) escribe libros para saber por qué quiso escribirlos. ¿Qué puede significar tal sentencia y por qué es tan escandalosa?

Un poco de contexto nos ayudará: leemos en Stanley Cavell que los productos culturales de la modernidad deben buscar (¿crear?) su propia audiencia. Si Robbe-Grillet se presenta como un escritor que sólo responde ante sí mismo y, en consecuencia, como autor de una obra que dicta sus propios cánones, no está sino participando de una tradición cultural muy específica, la de la modernidad, tanto más compleja y fascinante porque desafía cualquier categorización: ese desafío es su categorización. Lo cual significa que es más indispensable que nunca entender qué escribe Robbe-Grillet y contra qué, cuáles son sus criterios y con qué otras obras los comparte – o qué manera de pensar está desafiando-.

De todos modos, si hay algo que me llama la atención es el hecho de que la tradición de la modernidad es aquella a la que Robbe-Grillet se siente atraído de manera natural (o eso inferimos de sus textos). Es la naturalidad, la espontaneidad, digamos la adecuación de Robbe-Grillet a su tradición la que, en cierto modo, le blinda ante la reacción de la crítica, airada, que él mismo despierta. El autor y sus críticos comparten las palabras, pero no su gramática; comparten quizás imágenes de moral, política y arte, pero quizás no comparten sus significados (o sus exigencias). ¿Viven en mundos diferentes?

¿Qué es lo que puso Robbe-Grillet en sus novelas? ¿Qué es, quizás, lo que les quitó? A veces sólo basta un pequeño cambio en un relato, o en un ensayo, para que nos sintamos perdidos. Y lo cierto es que somos nosotros los que nos perdemos, no la obra. Es, digamos, la crítica la que se sintió perdida ante las obras de Robbe-Grillet. De ahí las acusaciones y los improperios; de ahí también las exigencias, y el demandarle una explicación que no se le permitiría expresar.

Nos encontramos, como quien dice, ante un mundo desconocido. Y quizás nada dé más miedo que la posibilidad de aceptarlo como propio.

*

Abro El concepto de ficción de Juan José Saer (Rayo Verde, 2016) y primera sorpresa: un lector de Borges y Robbe-Grillet nos quiere dar una explicación. ¿Una explicación de qué? ¿De su ficción? ¿Cuánto puede valer una explicación (de una ficción)? Saberlo, descubrirlo o decidirlo (¿cómo leemos?) dependerá de las lecturas posteriores- los textos y los tiempos-.

Los pocos datos que nos ofrece el autor en la “Explicación” son casi un desafío: El concepto de ficción está formado por 36 textos redactados a lo largo de 31 años (1965-1996) que no constituyen una teoría; que son ajenos a cualquier categorización (Saer se niega a llamarlos ensayos o artículos – por lo menos en la primera página-) y que, en último término, presentan muy poquitas ideas (y muchas repeticiones). Son, entonces, 36 textos que no son ni teoría, ni periodismo ni ensayo, apenas cargados de ideas, 36 textos que Saer desnuda ante nuestros ojos de cualquier pretensión – o, mejor dicho, de estas pretensiones-.

El autor no está siendo modesto; su gesto más bien prepara el terreno a la aparición de un concepto, o de dos palabras, que deben guiar nuestra lectura de ahora en adelante; está, digamos, siendo ejemplar en lo que él llama pobreza insistente. ¿Y qué es tal cosa? En algún punto Saer habla de una “serie de normas personales” con las que “justificar” con el ensayo las “páginas borroneadas” con la ficción. También escribe sobre un arco argumental que dé coherencia y entidad a los 36 textos. Descubrir la adecuación de cada texto a ese criterio, y la vivencia, la experiencia, el color de dicha adecuación, formará parte del aprendizaje de lo que signifique pobreza insistente en todos y cada uno de los ejemplos (¿qué fue antes, la regla o el ejemplo?).

De entrada ya tenemos que ir con cuidado con esa primera palabra del libro, el título de la “Explicación”, que se nos revela como poco o nada “transparente”: sólo el contenido que le sigue (posterior en el libro, pero escrito mucho antes que la explicación) puede iluminar unas palabras que son clausura y no inicio, un punto y final que indica el camino a emprender. ¿Qué explica esa explicación inicial? ¿Qué nos dice que no diga el libro, o qué no explica que suponga, digamos, un plus con respecto al libro?

Habría que destacar, primero, el gesto “negador” que recorre las explicaciones de Saer: su rechazo de categorías (artículo, ensayo, teoría), su rechazo de certezas (no constituyen, no sé qué nombre darles) y una idea repetida dos veces (pobreza insistente, puñadito de ideas repetido muchas veces). Podríamos aventurar que la (insistente) pobreza de Saer ataca aquello que, pareciendo acercarnos a la comprensión de un fenómeno, nos lo oculta y nos lo aleja. (¿En qué momento ya no nos sirven las etiquetas?) Más aún, parece detectar aquellos puntos de un discurso en el que parecemos creer en (falsas) certezas que no son sino meras desviaciones del pensamiento y la razón. Así interpretaremos, más adelante, la crítica a las ficciones de Solzhenitsyn y Umberto Eco, autores cuyo artificio parece disfrazar u obviar la ambigüedad natural en las relaciones entre realidad y ficción (2), consolando, o confirmando, ahí donde sólo hay espacio para la duda y la pregunta.

Siguiendo a Stanley Cavell, podríamos decir que Saer se posiciona en contra de las palabras, las certezas y las herramientas que, por algún motivo (¿nuestro mal uso?) nos exilian de nosotros mismos, nos hacen creer en espejismos, nos distraen de lo que verdaderamente somos y necesitamos. ¿Cómo puede ser que nuestras palabras nos desorienten? O, para decirlo en otros términos, ¿cómo puede ser que las novelas nos confundan? ¿En qué sentido pueden resultar engañosas?

Diríamos que el mal uso de nuestras herramientas (la razón, las emociones, aquello que somos y tenemos) puede deformar la percepción que tenemos de nosotros mismos, al añadirnos o al quitarnos algo que, queramos o no, nos pertenece. Saer vive la literatura y la crítica como Wittgenstein vive la filosofía: a sabiendas de que un mal paso puede perdernos, en el límite mismo entre la razón y la cordura, sin querer negar (o afirmar) ninguna de las dos.

En este punto diríamos que la pobreza insistente en cuanto a crítica cultural también nos revela – necesariamente- lo que somos en la intimidad: el uso de las palabras, los símbolos, las ideas y las emociones nos encadenan. Y a los gestos de prepotencia y de engrandecimiento de uno mismo Saer opone un sempiterno recordatorio de la pobreza ontológica que nos caracteriza, quizás basada en la tradición dondeen cuyo centro situamos la nada sartreana.

Un ejemplo lo encontramos, por ejemplo, en el homenaje de Saer a El hombre sin atributos de Musil que lleva por título “Una literatura sin atributos”. (3)

Decimos, pues, que con pobreza insistente estamos hablando de actitudes o de posturas antes que de teorías. La precisión del término pobreza insistente no debe engañarnos; y aunque de momento no lo entendemos en profundidad – no hemos leído lo bastante- y aunque de momento no moldea ni guía nuestra mirada, por lo menos se nos presenta como anti-teórico. Y en este punto deberíamos preguntarnos otra vez: ¿qué quiere rechazar con él Saer? ¿Su pobreza es pobreza de qué? Dime quiénes son tus enemigos y te diré quién eres.

Quizás podemos entender El concepto de ficción como una serie de luchas: Saer contra sí mismo (y la tentación de perderse a sí mismo con etiquetas, certezas o teorías), Saer contra los otros escritores (abanderados de una tradición que los niega, que los aleja, que los pierde a sí mismos), Saer contra la sociedad en general (¿una sociedad perdida, exiliada en su propio seno?), Saer y la Argentina, Saer y Europa, Saer y el capitalismo. Y todo ello, quizás, puede ayudarnos a situar a Saer en el grupo de lo que Cavell llama “reformadores” junto a Wittgenstein, Kierkegaard, Thoreau o Rosseau: personas que, al ver sus sociedades perdidas, exiliadas, e incapaces de entenderse y cuidarse, luchan por transformarlas a partir de la transformación del pensamiento, la escritura, la filosofía y la religión que las caracteriza. Quieren que cada una de sus sociedades cumpla con sus potencialidades, y una manera de allanar el camino consiste en, por lo menos, negar “las certezas” de un “falso bienestar” que nos impiden ver (¿aceptar?) que las condiciones del bienestar nos quedan muy, muy lejos.

Por su parte, Saer nos confiesa pasearse por estos textos, escritos a lo largo de tres décadas, no le ha aportado ni alegrías ni disgustos, sólo el convencimiento de haber sido fiel a sí mismo en todo este tiempo y de pensar, ahora, lo mismo que pensaba un Saer joven. Pero, de nuevo, ¿cómo creer estas palabras? ¿Que para más inri vienen, ni más ni menos, que de un lector de Borges y Robbe-Grillet? Se tratará de tomar la idea de pobreza insistente e ir descubriendo qué aires respira en cada caso, y cuál es su melodía en cada canción, y de qué colores se tiñe. Porque si la pobreza insistente es una actitud, o una herramienta, no viene determinada por ningún contenido sino por sus gestos, por lo que podemos hacer con ella.

El propio Saer nos advertirá más adelante: no tiene mucho sentido hablar de verdad o de mentira, ni aquí ni en muchos otros sitios. Mejor dejémonos llevar por la ficción, pobre e insistente, de sus ensayos.

(1) ROBBE-GRILLET, Alain. “De qué sirven las teorías. 1955 y 1963” en por una nueva novela, Editorial Cactus: Buenos Aires, 2010

(2) SAER, Juan José. “El concepto de ficción” en El concepto de ficción, Rayo Verde Editorial: Barcelona, 2016), p. 13

(3) SAER, Juan José. “Una literatura sin atributos” en El concepto de ficción, Rayo Verde Editorial: Barcelona, 2016), p. 313

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