Juan José Saer (II): Sobre la verdad y la ficción

Lee el capítulo anterior.

Juan José Saer, un autor que se niega a llamar a sus textos “artículo” o “ensayo”, que además rechaza ser considerado literatura o filosofía o ninguna otra categoría, escribe muchas veces con el ojo puesto en falsas certezas, en esos recodos del pensamiento que nos fascinan y nos pierden precisamente porque nos prometen estabilidad: una estabilidad que, por otra parte, no pueden darnos. Una manera de leer tanto la ficción como los ensayos de Saer (igual que si leyéramos a Hermann Broch o a Thomas Bernhard o a Jorge Luís Borges) consistiría, pues, en ver qué “verdades” se están analizando en cada caso (qué tipo de verdades son, cómo se viven, cuál es su repercusión) para, a continuación, asistir a su cuestionamiento y ver qué espacio de reflexión se abre cuando la “verdad” es puesta en duda.

¿Cómo avanzar cuando nuestras seguridades se derrumban como un castillo de naipes? ¿En qué consiste un viaje de ese tipo? Lo peor quizás sea entender que ese viaje o ese discurso en realidad no concluye, no lleva a ninguna parte; más importante aún, quizás sintamos que no hay ningún sitio al que debamos llegar. No hay conclusiones. Podríamos hablar, quizás de ese momento wittgensteiniano en el que la filosofía deja las cosas tal y como están. ¿Y si, precisamente, esa sea la única certeza posible? ¿La de que a veces nos extraviamos porque queremos certezas, erramos buscando estabilidad (¿es la búsqueda de la estabilidad un error?) y todo porque sentimos miedo ante lo difuso y lo vago, y sin embargo es lo difuso y lo vago lo que tenemos que aceptar? En otras palabras, ¿cómo tenemos que actuar ante lo que no conocemos (o lo que no podemos comprender, o controlar)?

Al fin y al cabo, la pregunta se centra en la “gestión” de lo vago y lo difuso. No hay más que abrir alguno de los artículos de Saer para ver las implicaciones sociales, económicas, políticas y morales de la cuestión, ya que sobre lo vago y lo difuso hemos levantado imperios, y la naturaleza de nuestras sociedades (del mercado editorial, de la lectura, de la ficción en sí), basada en varias certezas que no son tales, viene marcada por la injusticia, la exclusión y la falsedad. Ahora bien, ¿qué entendemos por vago y difuso —qué se esconde bajo tales oscuridades—? En segundo lugar, ¿cómo ordenamos lo que no puede ser explicado? ¿Tal orden resulta ventajoso (¿y para quién?)? Finalmente, una hipotética vía de investigación estaría enfocada en las seguridades, qué son, cómo las sentimos, cómo llegan a convencernos de que son “plausibles” (robando la expresión de Broch). Y todo eso hace Saer cuando, por ejemplo, nos habla de “El concepto de ficción” en el ensayo que da título al conjunto homónimo, reeditado por Rayo Verde en 2016.

También es cierto que, desde un inicio, Saer nos advierte que su libro está formado de pocas ideas que se van repitiendo, ideas “pobres” que lo son precisamente porque, más que afirmar, indagan en las posibilidades de la afirmación. Al mismo tiempo, hurgan en esos ejemplos donde la “afirmación”, la “confirmación”, son falsas o perjudiciales. Lo suyo, dice, no es una condena moral de los autores (por ejemplo, Umberto Eco o Solienitzin) que venden falsas seguridades, o que simplifican demasiado la problemática inherente al significado de las palabras, sino más bien describir (irónicamente) en qué consiste la propuesta real de dichos autores. Saer se refiere a la composición de su “producto” y a la necesidad de que el lector sepa, al menos, en el agresivo mercado neoliberal, qué está comprando.

El ejemplo con el que abre Saer “El concepto de ficción” (1989) atañe a los biógrafos de James Joyce, Gorman y Ellmann. Sus biografías respectivas, según Saer, muestran al genio irlandés con una pretendida objetividad que, si la miramos más de cerca, en realidad no es tal. Si la supuesta objetividad del género de las biografías, o de la no-ficción, no es más que una convención —la de que en el texto se cuentan cosas “reales”, o “no ficticias”— también es cierto que ella misma no basta para aceptar que lo que se cuenta en las dos biografías es “verdadero”. Repetimos: el hecho de que no cuenten cosas “ficticias” y que relaten hechos ocurridos en la realidad, no debería hacernos pensar automáticamente que ambos biógrafos están escribiendo “verdades” o describiendo la “realidad”. De lo que se trata es de entender que el género de la “biografía” es eso mismo, un género, una convención, que participa simultáneamente de la “verdad” y de la “mentira”, de la “realidad” y de la “ficción”.

Y, ¡sorpresa!, eso es lo que también hace la ficción, y con la misma exactitud. La “biogafía” y la “ficción” están formadas por maneras de utilizar el lenguaje; como tales están sujetas a infinidad de variaciones, de posibilidades y de mezclas; y quizás no debemos olvidar, al fin y al cabo, que las obras incluidas en ambas convenciones son actos de habla, de comunicación, entre dos o más personas que comparten, por lo menos, un idioma. ¿Qué papel juegan la “verdad”, la “realidad” o la “imaginación” en nuestras palabras, en el desarrollo de nuestros discursos, en la creación de obras de arte? Como tal es una pregunta demasiado amplia: demasiado ambigua. ¿Significa eso que es una pregunta mal formulada? ¿O significa que en realidad habría que enfocar el asunto de una manera diferente?

Saer denuncia que Solsenitzin y Umberto Eco hablen de “verdad” o “ficción” como si ambas categorías estuvieran perfectamente definidas. Más aún: si hablan con seguridad de la “verdad” o la “ficción” de sus obras es, digamos, porque aportan un aire de confianza y tranquilidad a un asunto que ha desafiado (y sigue desafiando) a intelectuales de todos los tiempos. Su gesto, podría decirse, es puro márketing. Los compradores se sienten seguros en la red que los autores preparan. No saben qué están adquiriendo, pero les parece que, en sus páginas, están protegidos. ¿Qué precio se paga por una falsa seguridad? ¿Qué nos empuja a refugiarnos en los brazos de mentirosos —que además quizás no saben que lo son—? ¿Por qué nos engañamos? ¿Por qué nos equivocamos? ¿Cuál es el camino a seguir?

Puede ser que el único camino a seguir sea el de la pregunta. Y, en consecuencia, la aceptación de lo que no se conoce, de aquello que es incomprensible para nosotros (¿y no somos nosotros mismos el principal misterio?). La pobreza insistente quiere vaciar de seguridad una vida que la tiene sólo en apariencia. Sería posible entender las páginas de Saer como un interlocutor socrático con el que aspirar a despojarnos de todo aquello que no somos nosotros. ¿Y cómo se hace eso? ¿Son la “verdad” o la “ficción” una convención? Si lo son, ¿cómo, cuándo y con qué frecuencia nos preguntamos por su naturaleza? ¿Cuándo debemos empezar a hacer preguntas? ¿Cuándo debemos dejar de hacernos preguntas? Como dice Saer, el tema de la naturaleza de la verdad es arduo y conviene dejarlo para otra vez. Pero nada mejor que un baño de ficción para adentrarnos en la complejidad del asunto.

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