Ngugi Wa Thiong’o, “Pétalos de sangre”

Petals of blood pronto cumplirá cuarenta años y sorprende que siga sin estar disponible para el público catalán e hispano. Un libro de estas características – amplio en perspectiva y objetivos, minucioso en la construcción y la disposición de los elementos, que no tiene miedo de llevar la narración a sus últimos extremos para decir lo indecible, y que sin embargo sabe cuándo callar y dónde colocar las elipsis – es sin duda un regalo para aquellos y aquellas que puedan leerlo. No sólo por la forma: su mensaje de esperanza desesperanzada, de pérdida absoluta de control y sentido, de opresión, violencia e imposibilidad de cualquier idealismo o redención, hablan tanto de un periodo histórico de Kenia como de un sufrimiento que está más allá de tiempos y lugares, equiparable a esa desintegración de los valores cuyo eslogan empuñó Hermann Broch en sus mejores ensayos.

Petals of blood no es tanto una novela con una tesis como un libro sobre la posibilidad de que existan las teorías, la posibilidad de que puedan aplicarse, la necesidad de poder armar mundos sobre el nuestro, la desesperación con la que bebemos Theng’eta – una bebida alcohólica- para escondernos del vacío y como vía para hallarnos a nosotros mismos en un entorno que nos deshumaniza. No en vano Ngugi Wa Thiong’o escribiría un ensayo llamado Moving the centre, “desplazando el centro”, expresión de la necesidad imperiosa de buscar nuevos puntos de vista, enfoques más democráticos, más reales y humanos, con los que explicar su experiencia personal y su comprensión de una existencia que no encuentra dónde asentarse, cómo construirse, cómo deshacerse de las dudas, las limitaciones y las divisiones para volver a ser una en ella misma.

Los personajes de Petals of blood son muchas personas en una. El rigor y el detalle con los que el autor nos lleva por los múltiples vericuetos de su mundo interior, siempre cambiante, siempre en tierra de nadie, en busca de un apoyo que no llega o, si llega, es sólo para destruir o desmentir, son claramente deuda de los experimentos vanguardistas de primera mitad del siglo XX – de los países occidentales- pero aquí cobran nuevo sentido, armando y explicando, al revés de como ocurría en Joyce o Woolf, la desintegración en vez de la unión, la separación y la muerte en vez de la conjunción. En el Ilmorog de Ngugi Wa Thiong’o nada parece formar parte de nada; hay ecos y remisiones que sólo serán revisitadas en forma de burla; lo que hay está y vive para desaparecer, y no hay idea, sensibilidad, religión o persona que sea capaz de unir el conjunto. Nada… excepto el dinero. El dinero, la industria, el turismo, la sumisión y la explotación son el único modo con el que se puede explicar los cambios que sufre la comunidad keniana, y sin embargo es un dios vacío, antes un castigo que una bocanada de aire fresco. “Nada es gratis en Ilmorog” repiten una y otra vez los personajes, conscientes de que a partir del momento en el que pueden adquirir sus derechos en realidad consienten en no tenerlos por naturaleza. La libertad que consiguen con la industrialización – ya no dependen de las inclemencias de una naturaleza caprichosa- no es sino otro tipo de muerte distinta: la esclavitud a sus propios congéneres, que no dudan en utilizar la política, la religión o la amenaza descarada para reafirmarse en su dominio. Claro está, el destino de los que quieren rechazar ese sistema se convierte rápidamente en miseria, ostracismo y desesperación. Pero, por otro lado, los hay que aceptan ese estado presente de cosas y harán lo posible para asegurar su continuidad. Quizás no tanto por dinero como por tranquilidad, estabilidad, sensación de pertenencia: es decir, sumisión.

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Si hay algún pero que deba ponerle a la novela, es la poca fuerza que tienen los personajes negativos en oposición a los protagonistas. El autor los pinta con colores monocromáticos, algo inverosímiles en su unidad, y desde luego mucho menos sugerentes que las idas y venidas, las dudas, las cuestiones fundamentales que se plantean Munira, Karega, Abdulla o Wanja. Es la humanidad de estos últimos, su pérdida, su desilusión, aquello que resulta más creíble y aquello que guía el espíritu y el desarrollo de la novela. Podría añadir, en este sentido, que la estructura de la trama, a veces existencial, a veces bildungsroman, casi novela de intriga, se me antoja algo caprichosa y además innecesaria, como si el autor temiera abandonarse únicamente a su interés real y se viera obligado a depender de escenas y elementos un poco telenovelescos para conquistar al público. Son sin embargo críticas que en nada empañan – y apenas rascan – la superficie de una novela ambiciosa, a veces desbordante, y sin embargo muy precisa en su estilo y sus objetivos. Por cada escena algo desmelenada hay otras tantas de emoción contenida, por cada giro forzado de guión hay otras tantas situaciones históricas, poéticas y agrias que convencen y maravillan.

En conclusión, Petals of blood es una novela de madurez que maravilla por su complejidad y su destreza, al tiempo que emociona con el poder y la profundidad de su pensamiento. Clase de historia, clase de filosofía, clase de derechos humanos, clase de sabiduría y visión, clase de estilo literario… todo en una novela cuya traducción al catalán y al castellano recomiendo sin duda. Por otro lado, entiendo que un gran porcentaje del público lector no sentirá curiosidad ni deseo de acercarse a esta obra, ya sea por el tono, por el contenido o por tratarse de un autor de nombre quizás impronunciable. Pero el sello o la editorial que lo publique se cubrirá literalmente de gloria. Un autor que ha sido favorito para el Nobel en reiteradas ocasiones, que además ha sido galardonado por su saber, su compromiso y su potencia, y que se sitúa, sobre todo, en cabeza de una literatura incendiaria muy poco común en nuestro país, debería ser publicado y leído con ansia. Porque los lectores encontrarán en este libro la misma ansia con la que ellos y ellas deben enfrentarse, y someterse, a un mundo que no los tiene en cuenta.

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